sábado 19 de abril de 2008

LA CRISIS

Las cosas no me salían del todo bien últimamente; miraba alrededor en busca de culpables y por más empeño que ponía, no encontraba a nadie. ¿Mis años? Tampoco eran tantos, acababa de cumplir los cuarenta. ¡Claro! 40. La crisis. La famosa crisis de los 40. Y yo que pensaba que era un invento de los psicólogos para conseguir clientes maduritos, que siempre tienen mejor poder adquisitivo. Creía que era como eso del día del padre, de la madre, san Valentín... Y todos los que quieran las multinacionales. Ahora resulta que yo tengo una crisis y hace un año que cumplí la cifra maldita. Pues debe ser eso. Si, va a ser eso.

Ahora que lo sé, tengo menos crisis. Si las cosas en cuantos las clasificas son menos graves, hasta el cáncer. Cuando tienes un bulto, un dolor que no sabes de qué es y te pones en manos de la máquina sanitaria, te mueres de miedo, el que lo niegue no dice la verdad. Pero luego, cuando después de machacarte con análisis, te colocan la etiqueta y te clasifican, aunque sea cáncer, que es a lo que más miedo tenemos todos, te tranquilizas. Es verdad, es en la ignorancia donde se fundamenta el miedo. Hablando de miedo, últimamente tengo muchos miedos nuevos.

Hasta hace un par de años me conformaba con los miedos corrientes: los insectos, los ratones... Poco a poco se añadieron las multitudes, me daba pánico asistir a un concierto multitudinario, tenía la seguridad de que moriría aplastada por la masa. Bueno, no importa, dejé de ir y en paz. Luego, sin que me diera cuenta, se añadieron las tormentas. Si estaba sola en casa, era capaz de bajarme a un bar, aunque me calase viva hasta encontrarlo, mejor aún si me calaba viva, así tenía de qué hablar nada más llegar y no me sentía sola.

Bueno, y ahora que lo sé, ¿qué hago con mi crisis? Porque de superar los miedos ya ni se me ocurre, es inútil. Una vez lo intenté, me hablaron de una señora –decía que era licenciada en Física–, que te hacía regresar a vidas pasadas a través de la física cuántica. ¡Menuda elementa! Primero me contaba los casos de regresiones que había llevado a cabo, de todo: desde los que llegaron a la Edad Media, al parecer elegida por las mujeres, y eran brujas a las que habían quemado en hogueras o tirado a un pozo, hasta los que, traspasando cualquier frontera racional, se convertían en hombres de Neanderthal y rugían en plena sesión. Estos últimos, eran preferidos por los hombres. Claro, cuando me lo contó, ella no decía la palabra “preferidos”, esa la añado yo ahora después de un montón de sesiones en las que yo, lo más lejos que conseguía regresar era a mi casa, porque tenía que hacer la cena y pensaba si las acelgas las hacía rehogadas o simplemente hervidas. Pues eso, que dejé lo de los miedos, total, no me estorbaban tanto.

Pero esto de la crisis es peor, porque no tengo ganas de nada. Es que hay días en que me gustaría morirme, en serio. ¿Y qué puedo hacer? Esto no puedo hablarlo con nadie, porque si no empezaran a verme mayor todos los que conozco. Estoy convencida, lo de los cumpleaños la gente lo olvida, mucho más si ellos también cumplen; prefiero que me reconozcan con la imagen que tienen formada y no con los datos que yo pueda refrescarles si les cuento lo de mi crisis. Leeré algo a ver si me sirve. Mañana mismo me voy a la biblioteca.

Pues ha sido peor; por lo que he leído no me ha pasado todavía ni la mitad. Desde luego hay gente muy bestia, pues no hay uno que dice que... Mejor lo transcribo, porque no tiene desperdicio: “...empieza a notar la flacidez en su rostro, el pelo pierde consistencia... /...los aspectos psicológicos no se hacen esperar, la baja autoestima influye en las relaciones sexuales y el deseo decrece, haciendo hostiles las relaciones de pareja...”

Para matarlo al tío que escribió eso. Naturalmente, me miré al espejo en cuanto lo leí y no he visto nada de lo que dice. Mi pelo está perfectamente y mi piel no cuelga más que hace un año, vamos, que no cuelga. En cuanto al deseo, pues no sé. Yo creía que era cosa de él. Incluso había llegado a pensar que tenía una amante. Pero no, es imposible, no tiene tiempo. Como las lecturas no me han solucionado nada, tendré que buscarme la vida y ver qué es lo que me produce más problemas, para tratar de solucionarlo. Me parece que me aburro, que no tengo crisis. Tendré que encontrar algo para llenar las horas. Eso es lo que me pasa, que me aburro. Claro, como los “niños” ya no son los niños, que son dos tíos como castillos... Eso me pasa por haberlos tenido tan joven. A los 21 años, nació el mayor y el otro a los 22. Encima se van a estudiar fuera, como si en España no hubiera sitios de categoría para sacarse un título.

Está claro: me aburro. Se me ha ocurrido que, como con mis amigas también me aburro, podía inventar algo para tener un tema excitante del que hablar. He pensado (me parece que no está muy bien, pero me da igual) mandar un anónimo a una de ellas a ver si nos lo cuenta. Tengo que pensar bien a quien se lo mando, porque según a quien, se lo calla y nos quedamos sin fiesta. A Teresa, se lo mandaré a Teresa, que siempre lo cuenta todo. Además, es tan miedosa como yo. ¡Ay!, que se me escapa la risa sólo de pensarlo. Hoy mismo lo hago y se lo mando. A ver ¿qué día es hoy? martes. Perfecto, con un poco de suerte para el viernes, cuando nos veamos para la partida lo habrá recibido. Toca en su casa, mejor aún.

¡Vaya tela como se ha puesto Teresa! No podía imaginármelo. Si claro, si me pongo en su caso, yo también me habría puesto así, a lo mejor me pasé con el anónimo. Oye, que parecía de verdad. Recorté letra a letra de los titulares de una revista. Quedó fantástico. Luego, lo pegué con esas barritas tan cómodas para pegar papel. El texto, el texto era lo mejor: "POR MUCHOS AÑOS QUE PASEN NO ESCAPARÁS. TIENES LOS DÍAS CONTADOS".

La muy cretina quería ir a la policía, como si fuera alguien. Pero vamos a ver, Teresa, le decía yo queriendo que entrase en razón: –¿quién va a querer matarte? – Pero ella nada, terca que terca: –¿entonces por qué me han mandado esto?– Es una broma, mujer, pero no lo ves que es una broma. ¿Una broma? ¡Una broma! –Gritaba despavorida y fuera de sí–. No seas absurda, esto no es ninguna broma. Ah ¿no? Entonces es que has hecho algo hace tiempo y tienes miedo de que te lo hagan pagar. Ahí se lió una conversación alucinante. Cada una daba su opinión: que si todos hemos hecho algo alguna vez que a otros no le ha gustado, que sí, pero que no era tan grave como para recibir una amenaza de muerte. Pues a lo mejor ha sido aquel chico de mi pueblo, que cuando me casé, al salir de la iglesia, me miró y se pasó una mano por el cuello como haciendo un gesto de lo que iba a hacer conmigo –confesaba Teresa–. ¿Y eso? Nunca nos habías contado nada. Pues no, pero a lo mejor...

Me parece que me he pasado. Teresa está fatal. Claro que a mi se me ha olvidado completamente mi crisis, porque estos días no he parado. Nos hemos ido a verla Carolina y yo casi todas las tardes. Esther no puede, porque tiene muchos hijos, pero Carolina y yo no hemos hecho otra cosa que aguantar sus mocos desde que recibió el anónimo. Al final, no lo denunció, porque tenía miedo de que se enterase su marido, que es muy celoso y pudiera hacer una barbaridad. ¿Una barbaridad? ¿Qué barbaridad? –le preguntamos a coro las dos–. Pues yo qué sé: ir al pueblo y cargarse al fulano, empezar a vigilarme, no sé, cualquier cosa. Manolo es muy bruto, vosotras sólo le conocéis de pasada, pero Manolo es muy bruto.

Pues sí. Manolo era muy bruto. Yo empezaba a pensar que me había pasado con la broma, pero después de dos semanas y con lo mal que estaba Teresa, cualquiera decía que era broma. La culpa fue suya, mira que decírselo a Manolo, con lo bruto que es. Lo que temía Teresa se cumplió ayer: Manolo se fue al pueblo sin decir ni pío y le largó una paliza al fulano, que está en la UCI desde que lo encontraron. Lo malo será que se muera, porque en el fondo, me sentiré culpable. Pero no. La culpa es de Manolo, que es muy bruto.

El fulano no sólo no se murió, sino que se acordaba de Manolo y de la manta de hostias que le había dado y a su manera, también sin decir ni pío, lo esperó un día en el parking de su casa y se lo cargó a navajazos. Hay que ver como cunde el anónimo. Teresa se ha quedado viuda, y sólo hace un mes que lo mandé. Yo no sé cómo va a acabar esto, pero tiene muy mala pinta. Ahora Teresa ha ido a la policía con el dichoso papelito. Dice que a lo mejor quien se lo ha cargado iba a por ella. Pero ¿cómo iba a ir a por ella? Nadie puede confundir... quería decir, podía, porque el pobre Manolo ya no está para contarlo. Pues eso, que no. Que no se podía confundir a Manolo con Teresa. El fulano quería cargarse a Manolo, nos lo ha dicho la policía, que ya lo ha detenido. Hay que ver, qué lástima. Ahora ese pobre en la cárcel por asesinato, Teresa viuda y yo... Ya no tengo crisis, pero tampoco era eso. Con tal de que Teresa no se suicide por todo esto, porque ayer estaba muy afectada cuando la policía le dijo que su paisano había confesado el crimen.

Dos meses ya del anónimo. La policía lo ha archivado, dice que es una broma. Eso le decía yo al que vino a casa aquella tarde que estaba yo con Teresa. Pero la viuda, terca que terca, dale que dale, que no. Que iba en serio. Que si el fulano no había mandado el anónimo (la policía lo descartó) alguien tenía que haberlo hecho y que ella ya no podía más. Que tiraba la toalla. Tengo que reconocer que cuando la oí decir eso, lo pasé mal. ¿Qué quería decir con “tirar la toalla”? No me gustó nada.

Mi marido dice que estoy rara. Que no parezco la misma. No, desde luego que no soy la misma. Desde que Teresa se suicidó, no soy la misma. Tres meses hace ya del anónimo. La crisis ha vuelto mucho más fuerte que antes. Ahora ya ni me apetece arreglarme. Mi marido me quiere llevar al médico pero yo me resisto. Al médico tenía que haber ido Teresa en vez de suicidarse. A lo mejor hice mal en contárselo aquella tarde. Seguro que sí, tenía que haberme callado, porque se me quedó mirando muy fijamente, se levantó del sillón en el que estaba sentada, se metió en su dormitorio y no la volví a ver. Como no salía y se me estaba haciendo tarde, salí de su casa. Eso sí, me marché preocupada por la cara que había puesto. ¡Mira que suicidarse!

Esa noche fue la última que dormí. No he podido pegar ojo y hace ya casi diez días. Las ojeras me llegan al cuello. Ahora sí que me cuelga la piel, y no por la crisis de los 40. Tendré que pensar algo para salir de esta, porque es mucho más fuerte que cuando mandé el anónimo a Teresa. Otro anónimo no, que se muere mucha gente, esta vez tendrá que ser algo más discreto. Ya se me ocurrirá, porque no me voy a quedar con esta angustia aquí dentro, lo que pasa es que mientras lo pienso me hundo más. De mañana no pasa que haga algo para salir de la crisis.

Mercedes Gallego

lunes 17 de diciembre de 2007

LA PELÍCULA

Dormitaba frente al televisor cuando se cerró la puerta de golpe y el ruido me despertó. Miguel acababa de llegar. Eran las doce y media; hacía dos horas que yo había cenado y su parte languidecía en la cocina con tapaderas encima. El saludo culpable terminó de espabilarme. Me puse de pie y estiré los brazos por encima de mi cabeza poniéndome de puntillas para estirar todo el cuerpo. –Me voy a la cama–: fue mi respuesta. –Si tienes hambre en la cocina está la cena, sólo hay que calentarla.

Sumergida entre las sábanas el sueño desapareció como por encanto y la película empezó su enésimo rodaje. El capítulo primero siempre era el mismo, no había variado desde hacía mucho tiempo; ¿desde cuándo? Creo que unos 10 años. A los 4 de casados, yo cumplía 30 y tú 36, nos llevábamos la edad conveniente como decía mi madre: “mejor, que así cuando empiecen las arrugas…” Hacía tiempo que habían empezado, pero curiosamente empezaron antes las mías. Primero fueron incipientes alrededor de la boca, como decía la gente, las de expresión. La frente sintió envidia y le hizo compañía, pero los ojos, que intentaban pasar desapercibidos, se apuntaron al conjunto. Claro que ahora tengo 40, aunque yo no me siento vieja, lo que pasa es que no me siento nada, ni vieja, ni persona, ni mujer, ni siquiera mueble, que siempre sirve para algo. No me siento, esa es la verdad, si no fuera por mi película…

Por donde iba, ah sí, por el capítulo primero, para encajar detalles.

Aquella fría mañana de finales de otoño, las montañas cerraron más su brazos y el valle ennegreció de repente, como si alguien hubiera echado un manto invisible. Miguel se fue a trabajar a las 8, como cada mañana. Hacía tiempo que no desayunaba en casa. Salía corriendo dando un beso al aire cerca de mi mejilla y cerraba la puerta de golpe. ¡Zlas! Era lo último que retenía de él.

La escena siguiente transcurre en el pasillo, de vuelta al dormitorio. El perchero de madera adosado a la pared con espejo central y paragüeros de hierro forjado a los lados, sigue en su sitio; también la imagen de mi cara, con sus arrugas acentuadas por el sueño y de mi cuerpo, cubierto por una bata de franela color granate, por la que asoma un pedazo de camisón y mi cuello estirado que parece buscar la cabeza. Sigo caminando y regreso a la cama, me tumbo y enciendo el primer cigarrillo del día mirando el techo, a intervalos nublado por el humo. Cuando apago la colilla, mis manos, de manera automática, se dirigen al cinturón anudado de la bata y, al mismo tiempo que me pongo de pie, tiran de un extremo. Los brazos continúan el trabajo cuando la bata se abre. La ducha, el cambio de ropa, el peinado, las cremas… Un ritual necesario para el día. Miguel no vendrá hasta la noche, no tengo prisa. Todo lo hago con lentitud y un poco ausente.

¡Ah! los exteriores, que son muy importantes en el cine los exteriores. Y situar mi casa; no es lo mismo que la película suceda en España que en Escocia o Francia. ¿Dónde la sitúo? Si la dejo como está, en su sitio real, me ahorro mucho trabajo. Mejor, para que todo el mundo se entere que es en el sur, sí, en ese que tiene tan mala fama estemos donde estemos. Los nortes son los privilegiados de la naturaleza, a lo mejor para eso los favorece, para que cuiden del sur que les da calor y un poco de calma. Aunque sea esta calma aparente y esta aceptación sorda de los roles y los estereotipos. De nada sirve que un día pretendas vivir como si fueras del norte, porque luego vuelves al sur y te sometes.

Aquí habrá que poner también mis pretensiones norteñas, los sueños cuando estudiaba filología, que no sirve para nada, como decía mi padre, pero mamá se empeñaba en que una mujer casada tenía que ser culta, porque si no su marido se aburría con ella y el matrimonio funcionaba mal. A lo mejor es verdad, pero el caso inverso ni se contemplaba. No se contemplaba por ejemplo que mi marido supiera leer y escribir a duras penas, que su lenguaje fuese tan reducido y con tantos errores de pronunciación que a veces lo hacía ininteligible. Que no hubiera sido capaz de leer en su vida, ni siquiera las esquelas mortuorias de la prensa… Eso no era motivo de fracaso en el matrimonio ni de mal funcionamiento, tú eres la mujer y estás ahí para comprender a tu marido y ayudarle en todo lo que necesite. Como es rico y ni siquiera tengo que limpiar, fregar y esas cosas que victimizan al ama de casa, soy una privilegiada.

También tendré que explicar en este primer capítulo, que nadie me obligó a casarme con Miguel, que lo elegí yo solita. Mi padre estaba encantado porque tenía tierras y mi madre no decía nada, pero lo veía un poco basto para la sensibilidad de su hija, que había estudiado en el norte. Tengo que decir además, que Miguel, es un hombre guapísimo, con unos ojos azules brillantes y un pelo moreno que cae ensortijado, no rizado, no. Como aros enroscados sobre su frente… Y lo bueno que está. Los hombros mejor formados y las piernas más bonitas que he visto, las manos un poco ásperas de la tierra, eso sí, pero es que no se cuida. Claro que está acostumbrado a la vida dura. Nació –ahora sí tengo que decir dónde estamos– en un valle de la ladera del Mulhacén, en plena Sierra Nevada, en la provincia de Granada. Yo sólo lo conocía de pasada, de excursiones turísticas y esas cosas que nos hacen idealizar un mundo duro y donde hay que echar mano continuamente de nuestras armas de supervivencia. Hay que saber sobrevivir a una nevada que te deja sin suministros durante meses, hasta hace unos años y días, en pleno siglo XXI; menos mal que aquí también ha llegado.

Yo soy de la capital. Mis padres no tienen tierras pero tienen biblioteca. Él, dependiente de toda la vida y mamá, ama de casa vocacional. Para ser hija única, no les salí mal. No una belleza, pero era presentable, no una lumbrera, pero aprobaba los cursos con nota. La tía Rafaela, que se había casado con un señor de Oviedo, y que no tenían hijos, convenció a mamá para que fuese a estudiar allí la carrera. A mí, hasta cierto punto, me hacía ilusión y con ellos pasé mis años de facultad. Estábamos cerca de Gijón y tenían una casita en la playa. Hasta aquí, todo perfecto. Viví con los tíos esos años y regresé a Granada.

Tampoco hay que pegar la paliza en el primer capítulo, será mejor que abrevie porque ya se verá todo. El caso es que cuando conocí a Miguel en las fiestas de la virgen y me cogió por la cintura cuando cambiaron el baile al agarrao, casi me paralizo. Una corriente recorrió mi cuerpo, como si de repente toda mi energía hubiera encontrado su polo complementario y se liberase. Me pegué a él con fuerza, y la noche se encogió de repente entre sus brazos.

Era de la sierra, tenía tierras de cultivo, olivos, almendros… Yo qué sé… Dinero, tenía mucho dinero y lo gastaba desmesuradamente. En los días que duraron las fiestas, él, naturalmente hospedado en el Alhambra Palace, vestido con un traje demasiado ajustado y con el pantalón encima de la cintura. Cuando se desabrochaba la chaqueta deslucía mucho, pero con los botones abrochados…

A mi familia eso del dinero le daba igual, pero siempre es un detalle que inclina la balanza. Antes del año, estábamos casados. Yo, naturalmente, me fui a vivir a su casa. Una casa enorme y desangelada, que tardé un año en reformar; eso sí, sin escatimar nada porque Miguel, con tal de verme contenta… La verdad es que lo estaba. Era cariñoso conmigo, un poco torpe haciendo el amor, pero yo tampoco tenía, –tengo–, demasiada experiencia en el tema, por lo que ya estaba bien. Lo que más trabajo me costó fue instalarme Internet. Miguel decía que era una tontería, que para qué quería eso, pero viendo mi insistencia consiguió un teléfono por satélite y la conexión correspondiente.

¿Cuándo empezó a cambiar todo? No lo sé, pero recuerdo que cuando ya teníamos la casa montada, incluso el estudio que instalé en la buhardilla desde la que el Mulhacén me saluda por las mañanas, con sus picos siempre nevados y amenazadores; paso horas allí. Los domingos, Miguel y yo vamos a misa y al salir, acompañados del cura, el sargento de la guardia civil y el alcalde, entramos a tomar unas copitas de moriles, casi siempre con tapas de queso curado y jamón de Huelva; la mujer del sargento insiste con la cantinela de siempre, que tenemos que vernos, “lo que pasa es que está todo tan lejos”, dice ella compungida. “Tú que conduces podías acercarte algún día” Y la misma respuesta de siempre: que sí, que un día me acercaré y ella que vuelve a la carga con el tema de los hijos. –Y qué, los niños ¿cuando…

Pero los niños no llegaron. Un día me animé y me presenté en Granada; había concertado hora con mi ginecólogo, cuando lo tenía, porque ahora hace más de cinco años que no piso ninguno. Bueno pues mi ginecólogo me dijo que de niños nada, que tenía matriz infantil y yo qué sé más… en fin, que no.

A Miguel le da lo mismo; él va siempre con su perro ovejero y a mi me sobra con los pájaros que veo cada mañana anidando en la higuera, aunque Miguel se enfade porque estropean los higos y de vez en cuando sacude los nidos. Los pájaros vuelven a construirlos, persistentes y organizados, depositando sus huevos, confiados en que yo cuidaré de ellos. Y así es; cuando ya han puesto, me niego a que Miguel los eche abajo y él me complace sistemáticamente. Siempre me complace.

Nuestra casa está solitaria y un poco apartada de lo que, en teoría, es el pueblo, aunque sólo sean un grupo de casas juntas formando seis callejuelas en torno a una iglesia, que por cierto mandó reconstruir mi marido. A menos de un kilómetro, la gasolinera, el cuartel y un restaurante que abrieron al poco de casarnos, allá por los años ochenta.

Creo que con lo que he dicho ya pueden hacerse una idea de la película.

Miguel se mete en la cama; huele a ajo, no se ha lavado ni los dientes ni las manos, porque todavía conserva el olor a naranja en ellas. Pasa una por mi cintura, pero las pieles resecas se enganchan en la tela de mi camisón y la retira. La mete entre sus piernas y, en postura fetal, no tarda ni cinco minutos en roncar como un cerdo. Nunca cierro las cortinas de la ventana, me gusta contemplar las estrellas desde la cama. Me siento culpable, cualquier otra estaría encantada con mi suerte, soy rica, tengo un marido que no bebe, no juega, no se va con mujeres y no me escatima ningún capricho. Una vez al año, en vacaciones, vamos a un hotel caro en una playa de moda. Mis padres vienen de vez en cuando, cada vez menos porque se van haciendo mayores, pero siguen viniendo. Papá me regaló parte de su biblioteca y la tengo en la buhardilla. Me ha dicho Miguel que ponga un ascensor para que mi padre pueda subir, que cada día le cuestan más las escaleras. Quiere mucho a mis padres, como él se quedó huérfano tan pronto…

En la casa vive también un matrimonio mayor y sus dos hijos, que son como una familia para Miguel. Ellos lo hacen todo: cuidan el jardín, limpian, compran y hacen la comida, arreglan desperfectos. Todo lo que haga falta. Al principio, cuando vine y me puse a hacer reformas, me di cuenta de que desconfiaban, pero luego, cuando por fin los convencí de que un lavaplatos deja la vajilla más limpia que ellos de que los baños son mucho más cómodos con suelo de mármol que con los ladrillos rojos y gastados que tenían, y las ventanas metálicas conservan mejor el calor. Cuando entraron de lleno en el siglo XX, éste casi se moría.

¿Por dónde iba? Ya recuerdo. Miguel se va por las mañanas….

Me gusta desayunar en la cocina, Martina me prepara un zumo de naranjas y siempre tiene algún bollo recién hecho; es una artista haciendo bollería. En verano, cuando la higuera da frutos, me prepara un plato lleno, pelados y con un pegote de nata con azúcar en medio y una torta de pan medio dulce y seco, pero tierno y jugoso que mancha un poco los dedos de aceite. El café y el cigarrillo me dan una falsa euforia y salgo de la cocina para encerrarme en la buhardilla, que ya está limpia. A veces como allí, le pido a Martina que me suba una bandeja con la comida y no salgo para nada de esas paredes. Es mi burbuja, un mundo que se parece al norte. Me he suscrito a todos los periódicos por Internet. Participo en encuestas, veo películas, escucho música. Mi mundo es esa pantalla y mi lenguaje, mudo a través de un teclado. Alguna vez contacté en un Chat con otra gente, pero las noticias que veo en la tele me metieron el miedo en el cuerpo y nunca quise quedar para conocer a nadie.

Creo que para que la gente se haga una idea en este primer capítulo, tendré que describir el estudio, pero tengo miedo de alargarlo demasiado. Todo esto puede durar unos diez minutos, no más, con los exteriores y todo. Bueno, veinte como mucho. ¿Cuántos capítulos le pondré? Creo que con tres habrá suficiente. El primero, para hacernos una idea de la situación, de los personajes y eso. El segundo… Pero, bueno, es mejor no anticipar nada y terminar con este. ¿Por donde iba? Ah si: la buhardilla.

La casa tiene dos plantas de más de cien metros cada una, la buhardilla tiene 50; los otros cincuenta de la planta los ocupan dos dormitorios para huéspedes, con un baño cada uno. Mi estudio también tiene un pequeño baño, pero sin ducha, sólo lavabo y váter para no tener que bajar. Y espejo, claro. Un espejo grande sobre el mueble donde está el lavabo, que es de madera oscura. El estudio también está revestido de madera y tiene dos ventanales en el techo inclinado hacia un lado. En la pared más alta, puse estanterías y coloqué en ellas los libros que me ha ido regalando mi padre, pero con el tiempo, recubrí todas las paredes porque me gusta tener todos los libros juntos, es como si se hicieran compañía y se contasen sus historias entre ellos. En el resto de la casa no hay libros; sólo está la enciclopedia de agricultura que le regalé a Miguel a ver si era capaz de leerla, pero ni con esas. Miró algunas fotos y poco más. Dice que todo lo que pone ahí él lo sabe mejor que los libros, que no están en el campo para escuchar y que no se pueden aplicar los remedios como si fueran medicinas para la gente, que las plantas dependen más de dios y del clima que de las enfermedades. Yo no estoy muy de acuerdo con él, porque cuando tuvo la plaga de langosta, si no aplica remedios de “libro”, como él dice, se queda sin cosecha, pero bueno, a mí me da lo mismo, el campo no me interesa nada en absoluto; es más, lo odio. Lo odio por extenso y desagradecido, porque para darte cuatro cuartos te dejas en él los riñones, menos mal que Miguel le hizo caso al cura y se buscó un gestor en la ciudad que le lleva los dineros y que invirtió en no sé que valores de construcción y otras historias, porque si fuera por el campo… Apañados estábamos, no tendríamos ni para pagar la luz.

El administrador de las fincas, que vive en Granada, era de Orgiva, el pueblo más cercano a nuestra pedanía. Allí hay hospital y todo, pero nosotros estamos en plena Alpujarra rodeados de naturaleza; menuda gracia. Cada vez entiendo menos a esta gente que se mete en casa hechas polvo, para comer mal durante unos días y que les encanta hacerse un cortado directamente de la teta de la vaca, ¡con la de enfermedades que tienen! Menos mal que aquí no llegan con sus paseos; aparte de que esto está muy lejos, Miguel hizo vallar el terreno cuando empezaron los urbanitas a invadir el monte. Con lo feliz que sería yo cambiándome por ellos y vivir en una ciudad, ir al cine, de compras. Porque no es lo mismo. Yo puedo coger el coche y casi tres horas después aparecer en Granada, pero tengo que tener cuidado al volver porque el camino desde Orgiva hasta nuestra casa, es sinuoso y lleno de curvas, casi siempre con hielo, porque aquí en cuanto pasa el verano te mueres de frío, con estas montañas aprisionándote todo el día, ni el sol se atreve a pasar desde finales de agosto. El frío ya ni lo noto, porque no salgo y porque con la reforma me puse chimeneas en todas las habitaciones, que el hijo de Martina se encarga de mantener encendidas.

En el estudio todo es de color madera oscura, hasta la mesa del televisor. Los sillones los elegí de pana, no me gustan de piel como quería Miguel, son muy fríos. El colorido lo ponen los libros. Como no me cabe nada colgado en las paredes, porque están llenas de estanterías y la única que no tiene hasta arriba es la de la ventana, tengo muchos portarretratos con fotos. Fotos mías en la playa de Gijón, en Oviedo, en la Facultad, en una cafetería, con amigas de mis tiempos universitarios y de mis padres. Algunos mitos del cine, claro, y puñetitas de cristal, que me gustan mucho. Un par de banquetas, también tapizadas de pana, están por ahí, para poner los pies cuando me instalo a leer, pero en realidad no sirven para nada porque siempre me tumbo. Y ya está. Los ventanales del techo, con persianas venecianas entre el doble cristal, siempre en posición que permita entrar la luz. La otra, la de la pared, también da al Mulhacén, como la del dormitorio, como la del salón. Es un tótem mayestático que preside mi vida.

Bueno, yo creo que el capítulo primero de mi película ya está, lo que tenía que decir, ya lo he dicho: él un hombre de 46 años, guapo y analfabeto, rico y basto, que afortunadamente no ha echado barriga y sigue siendo esbelto. Yo, una mujer de 40, con mis arrugas normales, con los ojos del mismo color que el pelo, ese marrón clarito parecido a la miel, aunque en mi caso me atrevería a decir, que menos dulce. Cuidado, sí, pero sin vida.

El capítulo segundo lo voy a dedicar a Miguel. A las ocho y diez entra en el bar que hay junto a la iglesia. Allí está el sargento, el alcalde, por llamarle algo, pero en realidad es concejal, lo que pasa es que él se lo cree mucho y le gusta que le llamen alcalde, pero esto no es un municipio, así que… Pero a todos nos da igual y le llamamos alcalde, total, si él disfruta con eso, qué mal hay. Aparecen también los empleados de mi marido, la cuadrilla de campesinos, el capataz y los peones, que viven en unos cobertizos cercanos a la las tierras y que a las ocho hacen una pausa para el desayuno, porque ellos empiezan a las 6. Algunos vienen en el tractor, otros, en la furgoneta que tiene Miguel allí para transportar productos. Se sienta con ellos y hablan en su lenguaje de pocas palabras, a las que siempre les faltan letras. Yo lo vi un día que le dije a Miguel que quería acompañarle a la finca, que me hacía ilusión, él claro… Nunca me niega una ilusión.

Comen chorizo, queso en aceite, huevos y a veces, conejo guisado. Beben vino y terminan con un carajillo, que ellos llaman Belmonte, porque lleva leche condensada. Sobre las nueve se marchan todos. Miguel se encierra en una especie de despacho, que es un altillo dentro de una nave, y se pone a repasar papeles. Hace los pedidos que le han anotado sus hombres y se marcha en una moto a recorrer los cultivos y comprobar por sí mismo que todo está en orden. A la una del medio día, regresa al bar, donde ya le espera el sargento con la información deportiva. Miguel es del Sevilla y el sargento del Recreativo. Discuten, beben, miran el televisor de la estantería cercana al techo y se comen un plato de lo que sea, mojando pan, bebiendo sorbos de vino y preparando la partida de dominó incluida en los cafés. La copa de coñac se alargará hasta las cinco. Los peones han comido en los barracones y ya no saldrán de allí hasta el día siguiente, cuando a las ocho, vayan al bar a desayunar y a comprar algo para el medio día.

A esa hora Miguel se va a la iglesia a cantar flamenco; el cura ha montado una especie de escuela y se reúnen unos cuantos que quieren recuperar las raíces del canto de la Alpujarra; antes estaba el maestro, pero cuando el pueblo se quedó sin escuela por falta de niños, se quedó también sin maestro. Las guitarras y la manzanilla se convierten en aliadas y las horas van pasando hasta que cambia el escenario y regresan de nuevo al bar. Aquí nunca pasa nada y el sargento de la guardia civil, que nunca tiene trabajo, ya los espera allí. Yo me pregunto como puede pasar las horas de esta manera. Claro que yo no puedo hablar, me paso el día metida en Internet, viendo la televisión o leyendo, pero tampoco es que pueda hacer mucho más. ¿O sí?

A veces he pensado que si Miguel muriese, yo vendería todo esto y me marcharía fuera de aquí, fuera de Andalucía, fuera de España. Al norte, no sé a qué norte, pero al norte de algún sitio. A lo mejor a Francia que tiene mejor clima, además los ingleses son más distantes. Sí a Francia. A ver, voy a buscar sitios en el Google… A Paris, sí. A Paris. Me iría a Paris. Voy a empezar a estudiar francés; me compraré algún curso. Ahora me arrepiento de haber estudiado inglés, pero yo a Inglaterra no me voy, tengo ganas de ver el sol sin que se acabe el horizonte y allí, al fin y al cabo, es una isla y te pone límites el mar; no quiero más límites, ¡los odio!

Una vez explicado un día en la vida de Miguel que es como una fotocopia de otro porque siempre hace lo mismo, menos los domingos, que los pasa conmigo, mejor dicho, con la tele mirando el fútbol. Yo sí que hago lo mismo, pero en vez de desayunar en la cocina, lo hago en el comedor con él. Eso sí. Antes de arreglarnos para ir a misa de una, hacemos el amor. ¿El amor? No. Nosotros no hacemos el amor, nosotros follamos. Mejor dicho, a mí me follan.

Mojando los últimos bollos de Martina, Miguel ya se está llevando la mano a la entrepierna para ir entonándose. Lo hace con disimulo, pero yo me doy cuenta. Me sonríe con esa sonrisa que yo encontraba irresistible y que ahora me parece babosa. Entorna los ojos batiendo las pestañas, que a mi me parecían abanicos y ahora me parecen un trazo negro como el maquillaje de Charlot. Se limpia la boca con el dorso de la mano y me hace una seña con la cabeza. Como una SS femenina, yo me dirijo despacio al dormitorio: sumisa y silenciosa, quería decir. Me quito la ropa y la dejo en la silla, mientras mi marido arroja la bata y el pijama lejos de sí de un manotazo. No me mira, acaricia su pene de arriba abajo para que coja consistencia y viene hacia la cama. Ya no necesita más caricias, es como si llevase un relieve pegado al bajo vientre. Termino de engrasar el receptáculo con una crema neutra, porque hace tiempo que se negó a lubricar y me tumbo boca arriba con las piernas ligeramente abiertas. Ahora ya ni me besa; pone las manos sobre la cama como si hiciera flexiones y busca mi vagina sin contemplaciones, se ayuda con una mano y comienza su serie de movimientos rítmicos que se van acelerando al ritmo de su respiración. Yo levanto un poco las rodillas y subo la pelvis para que no me haga daño y el acelera el vaivén hasta que en menos de un minuto, un chorro caliente se estrella contra mi útero, buscando en vano un óvulo con el que intimar, y Miguel me aplasta con su corpulencia dejándose rodar hacia un lado exhalando aire y suspiros entrecortados. Yo me doy media vuelta y retomo el guión de mi película… ¿Por dónde iba? Ah, sí. Estaba en el capítulo dos.

Pasea cada día los cultivos con una moto de trial, sin casco ni guantes, despacio y recorriendo con la vista olivos, almendros… De repente se para, sube la moto al caballete y se adentra por una vereda del olivar. Acaricia con ternura las hojas, esa ternura que no emplea en mi cuerpo; acerca su cara y huele la fruta, una aceituna verde y apretada. Impregnado del olor, continúa aspirando mientras mira las nubes queriendo controlar su trayectoria, se marcha, sigue su recorrido y cuando llega a su cubículo se dirige directamente a las estanterías y busca envase en el que puede leerse: AVA, abono cristalino complejo de efecto largo sin cloro y nitrógeno. Con el recipiente en la mano, sube a la furgoneta y se dirige a comprar el producto. Cualquier persona se hubiera limitado a tomar nota del nombre, incluso, memorizarlo, pero Miguel no es así. En su cabeza sólo cabe el fútbol y el cante flamenco.

Pero un día, en uno de sus paseos en moto y sin que pueda hacer nada por evitarlo, un Alfa Crosswagon gris metalizado aparece frente a él en una curva y Miguel sale proyectado por los aires para estrellarse detrás del vehículo, a un lado del camino.

El Alfa continua su marcha ajeno a todo, excepto por una abolladura profunda que ha dejado el impacto de la moto, pero que no le impide continuar el camino. Recorre la ruta hasta Orgiva y sigue hasta la carretera de Granada. No se cruza con nadie en el camino rural.

La película continua su rodaje. Llego a Granada y antes de ir a casa de mis padres, con los que he quedado ayer para pasar unos días y comprar el regalo de cumpleaños de Miguel, dejo el coche en un taller de las afueras, regentado por unos moros que no me hacen preguntas. Cuando enseño cien euros al encargado, consigo que esté listo para el día siguiente. Es cuestión de cambiar el capó y parachoques frontal. La matrícula no hace falta cambiarla, lo que peor está es el capó, donde impactó el manillar de la moto.

Subo a un taxi y llego a mi casa, porque aunque sea la de mis padres, siempre será mi casa, la otra, la del Mulhacén, es la de Miguel. Por la tarde, mamá y yo nos vamos de compras. Elijo una camisa de franela a cuadros y un pantalón de para gruesa, todo en tonos verdes, como sus olivos… Le gustará. Y unos zapatos, sí, necesita zapatos nuevos. Estos del 43 le servirán… No, estos no, que tienen la suela llena de vericuetos y luego se pega el barro y lo va soltando por toda la casa. –Pero hija, los que la tienen lisa resbalan mucho–. Mamá siempre cuidando el detalle. No importa, elijo los que ella quiere. En mi película Miguel ya no necesita zapatos.

No llamo a casa por teléfono, nunca lo hago cuando estoy fuera. Dejé de hacerlo al poco tiempo porque nunca acertaba, como Miguel llega tarde, o no había llegado o ya se había dormido. Ya llamará él si quiere algo, decidí, y no llamó jamás. Me acuesto en mi cuarto de toda la vida, allí están mis cuadros de siempre, mis libros de siempre… No quise desmontarlo ni llevarme nada, era como volver a mis esencias y recuperar pedazos de mí misma que se habían comido las montañas. Metida en la cama, acometí el rodaje del último capítulo. El tercero. Hay que ver, tantos años con la película a medias y ahora la terminaba en menos de una semana, pero claro, todo este tiempo me ha servido para elaborar el guión. Al principio era como un juego, demasiado recargado de lamentaciones, por eso he tardado tanto en perfilarlo. No quería dar la sensación de fracaso, porque no es así. Ya no me lamento, al contrario. Este guión es perfecto, conciso, corto y con los hechos detallados lo justo para no aburrir.

El capítulo tres empieza cuando regreso a la ladera del Mulhacén. Hace dos días que salí, pero nadie me ha llamado. Martina me sale a recibir con cara de preocupación.

– Señora. Don Miguel no ha venido por casa desde que usted se fue a Granada. Tengo miedo de que le haya pasado algo, esperaba que usted regresara para…

– ¿Lo han buscado?

– No. No le he dicho nada a nadie, por si estaba… Bueno, ya me entiende usted, Cosas de hombres, vamos…

– Mi marido no se va con otras, si es eso lo que quieres decir.

– Eso pensaba yo, pero ya sabe usted cómo son…

– Vamos a avisar al sargento para que lo busquen.

Y vuelvo a mi coche, enfilo hasta la gasolinera y llego al cuartel. El sargento me mira desconfiado.

– ¿Así que no se fue con usted? Lo echamos de menos hace tres días, pero como nos dijo que usted se iba a Granada a ver a sus padres, pensamos que a lo mejor se había ido con usted.

– No. Miguel nunca viene conmigo a ver a mis padres. Hay que buscarlo. Me voy a la finca.

– Espere. Yo la acompaño, me llevaré a dos guardias para dar una batida por allí.

Encontramos a Miguel. Está muerto, se ha roto el cuello en la caída. La moto, con la dirección rota y la rueda delantera y el manillar, doblados sobre el depósito de gasolina, demuestra que ha chocado contra algo, pero no se ve ninguna piedra, ni siquiera ruedas, porque ha llovido con ganas el día anterior. Eso no estaba en el guión de mi película, pero no está mal. Lo dejaré. Naturalmente, me abalanzo sobre él llorando de forma convulsiva y dando los gritos correspondientes a la gente del sur. La del norte no grita, se comen sus emociones, pero nosotros sí. En el sur nos revolcamos por el suelo, gritamos, sacudimos el cadáver y nos abrazamos al primero que se preste a ello. En este caso, el sargento, que intenta calmarme sin conseguirlo, al contrario, él se apunta a la actuación porque también es del sur.

Lo que sigue a continuación es lo más corriente. El entierro, la misa y la homilía del cura, que llora por cante jondo rellenando la letra de glosas al difunto, de lo generoso que era, lo cabal, lo buen marido y lo guapo. Hasta la belleza de Miguel sale a relucir en la misa. No falta nada. Luego, el convite en casa, los tacos de jamón, el queso, las empanadillas de chorizo que ha hecho Martina, la manzanilla, los dulces, los licores y los puros. No falta nada. Cerca de las doce de la noche, se van los últimos. El sargento y su mujer, que se lamenta de que la primera vez que por fin viene a mi casa, sea para lo que es. –¡Hay que ver, hija!

Y yo me quedo sola. Hoy dormiré pronto, ya he terminado la película.

Mercedes Gallego